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Jorge Drexler, compositor, cantante, poeta y médico |
Hoy, a casi diez años de aquel encuentro, retomo estas líneas como quien vuelve a leer las páginas de un diario personal, bitácora de recuerdos que me confirman lo afortunado que he sido (y en cierta forma sigo siendo) por poder testimoniar el camino de tanto talento. Por Manuel Álvarez Ugarte
7
de Julio, el verano transcurre apaciblemente en la sierra madrileña.
En medio del trajín diario de San Lorenzo de El Escorial, a la
amable sombra de una terraza, Jorge Drexler me cuenta (con las muecas
del castellano del Río de la Plata intactas) la historia de un
pasado que lo vincula directamente con la guitarra clásica, la
música popular uruguaya y la canción como vehículo comunicador de
emociones.
Comencemos
por el principio, háblanos de cómo fue tu aproximación a la
guitarra y cuál tu formación posterior.
En
realidad comencé estudiando piano a los cinco años y a los diez ya
estaba pensando en dejarlo porque no me sentía (con el piano) muy
integrado en mi grupo de amigos. Yo quería jugar al fútbol,
estábamos en Uruguay en dictadura, en un Uruguay complicado, donde
no había muchos estímulos musicales y yo, que encima no vengo de
una familia de músicos, no sabía como insertar el piano en esa
realidad que me rodeaba. Cuando iba a dejarlo, mis padres me dijeron
que no desaprovechara mi oído y agarrara otro instrumento. Yo agarré
la guitarra, que me parecía un instrumento más social porque lo
podía llevar a la escuela, a los viajes, y así, a los diez años
empecé a estudiarla. Mi primera profesora fue una señora del
barrio, me enseñaba con el método de Julio Sagreras, con ejercicios
de milongas entre otras tantas formas folclóricas. Yo, que venía de estudiar cinco años de piano clásico, le preguntaba si no había
nada de Mozart o Bach para tocar en la guitarra. Con el debido
respeto hacia Sagreras, a quien sin duda le debo mucho, mi anterior
contacto con la música clásica hacía parecer aburridos a los
ejercicios de su método.
Paralelamente a las clases de guitarra con
esta profe, yo ya empezaba a sacar canciones de oído y descubría
que algunas de las cosas que escribía Sagreras se podían tocar como
acordes en las canciones. Al cabo de un tiempo de estar tocando
alternativamente el piano y la guitarra, como a los quince años,
decidí ponerme a estudiar la guitarra en serio, a partir de ahí se
sucedieron un montón de profesores: Amilcar Rodríguez; Eduardo
Fernández; Mario Paisé; Álvaro Carlevaro (el sobrino de Abel);
Eduardo Baranzano; Guido Santórsola, hasta que después de mucho
tiempo de formación en el área académica, tras descubrir el
repertorio de la guitarra clásica latinoamericana, la música de
Villa-Lobos, Barrios, Lauro, y toda esa estética que se desarrolla
en un terreno fronterizo en el que están la música folclórica y la
música clásica, empecé a tomar clases con Esteban Klisich,
fundamentalmente de armonía. Esteban tiene un método impresionante
y es un tipo genial enseñando, con él aprendí mucho de guitarra y
armonía aunque discrepé totalmente en el campo de la composición.
Casi casi te podría decir que he sido guitarrista durante más
tiempo del que llevo como compositor de canciones.
En
tus canciones se escucha un trabajo guitarrístico curioso: por un
lado un concienzudo abordaje de los ritmos populares del Río de la
Plata junto a las formas folclóricas de Argentina y Uruguay, y por
otro, una búsqueda más relacionada con la música pop. Cuéntanos
como trabajas en la organización de ese trabajo.
Yo
nunca aprendí folclore de forma sistemática, mis conocimientos en
ese terreno se los debo a las músicas que leí en partituras de
música culta, que es un abordaje digamos tangencial. Cuando comencé
a escribir y me vine para aquí, me di cuenta que había un montón
de cosas de la sensibilidad de la milonga, la zamba y la chamarrita
(por mencionar algunos ritmos), que aparecían en mi música muy
naturalmente. Yo he escrito zambas (o especies de zambas) y las toco
como me salen, pero no sería capaz de tocar una zamba de manera
tradicional, de hecho disfruto mucho cuando veo y escucho a alguien
tocarlas bien. Con esto, lo que trato de decirte es que yo, folclorista no soy, y la verdad es que tampoco conozco tanto el pop. A las
canciones de los Beatles tardé mucho en sacarlas con los acordes
verdaderos y todavía hay muchas que no se cómo son. Lo que más
domino es la guitarra urbana montevideana, es decir: el candombe y
las aplicaciones de la música brasileña en la música uruguaya. He
estudiado profundamente a Joao Gilberto y me metí mucho en Brasil.
Después me di cuenta que hacer música brasileña no tenía mucho
sentido y decidí profundizar en los campos que podían hacerme
encontrar un espacio original. Antes estaba mucho más centrado en la
guitarra; mis discos se hacían con una sola guitarra y yo iba,
ensayaba con una banda y grabábamos. Después empecé a trabajar más
orquestalmente, a raíz de que me dijeron que la guitarra, que es mi
instrumento de toda la vida, en algunos aspectos expresivos se
quedaba corta. Yo empezaba a sentir que necesitaba más cosas y que
el instrumento se interponía en ese camino en el sentido de que una
canción con una base de guitarra que sonaba muy bien en directo, en
el disco no funcionaba igual. El disco es otro código, es algo
totalmente diferente. Muchas veces yo compongo una canción como Sea, de una manera, y al grabarla hago un arreglo diferente,
siempre probando las distintas posibilidades; sin embargo, hay otras
canciones que son iguales en el disco que en el directo. Si ahora
mismo tuviera que priorizar algún aspecto musical, ese no es el de
la guitarra sino el relacionado a la capacidad de comunicar, de
emocionar, y si para eso tengo que disociar mi arreglo original de
guitarra lo hago.
Y
el compositor, cuándo y cómo comienza?
Yo
empecé a escribir muy tarde canciones, antes escribía textos y
música instrumental, fundamentalmente para guitarra. En el año 90
empecé con las canciones, o sea con 25 años ya, y desde entonces
sólo me dediqué a eso. En Montevideo hice un taller de composición
con Coriun Aharonian, que es un compositor y docente uruguayo con el
que se formaron muchos de los músicos de mi generación e incluso de
otras como Jaime Roos y Leo Masliah. El resto de mi formación
como compositor es completamente autodidacta.
Crees
que tu actual forma de trabajar en la composición es distinta a la
de tus primeros discos?
No
veo una diferencia muy grande, lo único que te diría es que para el
disco que estoy preparando ahora he probado comenzar a componer desde
el texto, algo que nunca hice. Siempre comenzaba con una base de
guitarra, después una melodía y al final el texto. En este último
tiempo me he dado cuenta de que al entrar en la composición siempre
por ese sistema, limitaba considerablemente la parte del texto,
entonces decidí comenzar escribiendo textos de una manera más
libre, sin rima o con rima no periódica, alternante, en diez versos,
y luego escribir la música como si se tratara de musicalizar un
texto de otro. De esta forma llegué en dos canciones nuevas a
resultados que me tienen muy contento. Ése es el único cambio que
estoy notando, compositivamente hablando.
Crees
que el conocimiento de la técnica clásica constituye un aporte en
músicas como las tuyas?
Sí,
sin duda. La formación de la guitarra clásica te da autonomía, te
abre mucho la mano izquierda, te enseña a enfrentarte un problema y
resolverlo, te pone en evidencia cuando estás haciendo trampa y, lo
mejor de todo, te da un sonido muy particular, más liviano que el de
la guitarra popular pero a la vez más preciso. Realmente aprendí
mucho de la guitarra clásica aunque reconozco que siempre mantuve un
pie en lo popular.
Qué
lugar ocupa la guitarra en tu actual proyecto compositivo?
La
guitarra en mi música siempre ocupa un lugar muy importante, quizás
antes tenía un lugar central... va y viene. Mis discos no son
homogéneos, en un mismo CD te podés encontrar con cuatro temas
totalmente dependientes de la guitarra y otros en donde ni siquiera
hay.
La
guitarra es para mi un instrumento inductor, la tengo tan asociada al
hecho de decir cosas, de sentir cosas, de evocar y atraer ideas, que
el simple acto de agarrarla me hace sentir como en un trampolín. Un
lugar en donde puedo pararme y dejar que alguien salga por encima de
mí y del instrumento. Incluso al escribir letras tengo la costumbre
(casi fetichista) de ponerme la guitarra en la pierna derecha para
trabajar más a gusto.
Para
terminar, qué guitarras utilizas en directo y cuáles en estudio?
Mi
último período es un período de poco refinamiento sonoro, al menos
en el sentido tradicional, de elegir la mejor guitarra. Para los
discos anteriores me la pasaba buscando el sonido de guitarra más
apropiado, he grabado con una Manuel Reyes, de Córdoba, flamenca con
clavijas de madera. Increíble, la mejor guitarra que toqué en mi
vida, todavía me acuerdo que era difícil de afinar pero maravillosa
por donde la oyeras y miraras.
Últimamente uso la misma guitarra
para grabar que para tocar: una Takamine que compré hace mucho
tiempo y que lleva un previo Fishman. A veces, cuando hay buenas
condiciones de sonido, también llevo para el directo un micrófono
de condensador Country Man, que va cerca de la boca y que es
omnidireccional, cuando tocás con otros instrumentos no sirve porque
se mete todo, pero cuando me quedo solo, lo abro y suena lindísimo.
Lo he usado muchas veces para tocar en televisión solo porque odio
el sonido de las guitarras por línea, aunque reconozco que es un mal
necesario. Los que tocamos guitarras con cuerdas de nylon junto a
otros instrumentos como el bajo eléctrico y la batería tenemos un
problema que hasta ahora no he visto resolver a nadie. Además de
estas, tengo una guitarra flamenca muy buena de Pedro de Miguel, una
Fender de 12 cuerdas acústica, otra Takamine acústica pero de seis,
una Dan Electro barítono, a mitad de camino entre la guitarra y el
bajo, afinada en Si, como un guitarrón pero eléctrico, una Epiphone
eléctrica de las baratas y un Timple canario que me regalaron hace
poco.