jueves, 24 de marzo de 2011

Entrevista a Egberto Gismonti (2005)

Una de las novedades del programa formativo de la 25º edición del Festival de la Guitarra de Córdoba fue el Curso de composición para guitarristas dictado por Egberto Gismonti. Tuve el enorme privilegio de compartir las largas horas del curso con el gigante de la música brasileña. En un clima agradable y distendido fuimos testigos de cómo las ideas de los alumnos, trabajadas y debatidas grupalmente, encontraron la información necesaria para ser desarrolladas, incluso, más allá de sus aparentes límites. Por Manuel Álvarez Ugarte

Egberto y su guitarra de 10 cuerdas
Lo primero que vino a mi mente cuando vi ofertado el Curso de composición para guitarristas de Gismonti fue: “Que interesante sería asistir a unas clases con Egberto”. Luego, acaso por tener plena conciencia del esfuerzo que supone para el alumno: “De que poco tiempo se dispone (16 horas) para trabajar y llegar a conclusiones”. Estos interrogantes y el deseo de vivir la experiencia fueron los principales motores del presente reportaje. Con la ilusión y el entusiasmo como equipaje partí rumbo a Córdoba al encuentro de la experiencia que, desde un principio, me propuse contarte.

Encuentro y reflexión
Egberto Gismonti es, para varias generaciones de guitarristas, pianistas y compositores toda una referencia estética. Allí donde va llena teatros y salas de conciertos; desde hace 40 años su música es el reclamo subrepticio de miles de almas que, en todo el mundo, abogan por lo reflexivo y lo comunicativo. Lo despojado del sonido, la inteligencia y su capacidad para reunir en su obra a músicos de diversas procedencias han hecho el resto. Casi silenciosamente, aunque no exento de polémicas, Gismonti ha sabido llegar al corazón de los guitarristas erigiéndose como un verdadero representante de la vanguardia latinoamericana.

El curso de composición ofrecido en Córdoba constó de 16 horas divididas en cuatro jornadas. Durante 4 horas diarias, un grupo de 14 alumnos trabajó mano a mano con el Maestro en el desarrollo de una serie de temas. El principio de las clases centró la atención de los asistentes en una larga y reflexiva charla donde Gismonti procuró transmitir a sus discípulos su punto de vista respecto de la composición. En una conversación posterior, Egberto lo resumía de la siguiente forma: -Lo más interesante de este curso, y que se dio por primera vez aquí, tiene que ver con que los participantes que asistieron crearon, por la diversidad de procedencias y el tipo de formación individual, un grupo verdaderamente heterogéneo (...) Gismonti sostiene que una de las formas más interesantes de ampliar el horizonte creativo consiste en tomar contacto con músicas de otras culturas. Por tal motivo, invitó a los asistentes a que tocáramos, uno a uno, una pieza de nuestra invención. Fue la carta de presentación de cada uno y, al mismo tiempo, la excusa para crear vínculos de comunicación entre los asistentes. Tras las interpretaciones cada pieza fue comentada, primero por Egberto y luego debatida por todos, lo que creó un clima de calidez y sinceridad óptimo para trabajar en equipo. Así transcurrió la primera jornada, que en palabras del profesor: -Sirvió para crear una relación muy próxima entre los alumnos. Todos se sintieron de acuerdo en aquello de “por la música vale la pena cualquier esfuerzo” (...).

Gismonti, que esperaba esa noche tocar a dúo con su hijo
en guitarras de 6 y 10 cuerdas, debido a la pérdida de los
instrumentos por la compañía aérea, acabó dando su
concierto solo y al piano. 
Improvisando en grupo
La primera jornada finalizó con el encargo por parte de Gismonti de que al día siguiente cada uno trajera una idea para trabajar en grupo. Así, en la segunda jornada varios alumnos escribieron en la pizarra bocetos rítmicos que con la ayuda de Egberto al piano o la guitarra, sirvieron de base para desarrollar las primeras improvisaciones. Fue maravilloso comprobar cómo el intercambio de ideas en unos y otros llevaba la música hacia lugares tan diversos como sorprendentes. Tras el descanso, Gismonti se excuso por una situación personal que le requería fuera del aula: esa noche estaba programado su concierto a dúo con su hijo Alexandre en el Gran Teatro. La compañía aérea les había perdido las guitarras y hasta el momento nada se sabía de ellas. La organización del festival propuso entonces al Maestro que diera un concierto de piano solo -instrumento que domina tanto como la guitarra-, motivo por el cual se vio obligado a probar el piano y trabajar sobre lo que aquella noche tocaría.

Y llegó la noche, Egberto se sentó frente al piano ante un Gran Teatro desbordante de público. Tocó magistralmente y con sentida emoción dos horas de música sin interrupciones en las que repasó buena parte de su producción para piano y música grupal: 7 Anéis, Frevo, Agua e Vinho, Bahiao Malandro o el Forró de la obra Música do sobrevivente iluminaron la noche de todos los allí presentes. Tocó con el alma, el encanto emergió de sus dinámicas, prodigiosas en el manejo de los planos sonoros, separando las manos en un diálogo casi mágico. En el aire podían escucharse comentarios del tipo “En mi vida vi nada igual” o “El mejor concierto que jamás vi”.

Algunas directrices seguidas de preguntas
La mañana siguiente fue especial, se habló del concierto y dedicamos bastante tiempo a la conversación y el intercambio de experiencias y anécdotas a ese respecto. Preguntado sobre cómo es el trabajo que hace para mantener un nivel técnico tan alto en dos instrumentos tan diferentes como el piano y la guitarra, Egberto contestó: -Cuando tengo que tocar el piano pienso en el piano y cuando toco la guitarra pienso en la guitarra, se acabó. No existe ninguna relación práctica entre ambos instrumentos, lo único que los une es la música. Por lo tanto, es indispensable comprenderlos en su esencia de forma individual: poner el “chip” del piano o el de la guitarra y no relacionarlos, simplemente estudiar y tocarlos como si no supiéramos nada del otro (...).
Tras una nueva improvisación grupal se abordó el tema de la escritura guitarrística, concretamente, cómo hacer para plasmar una idea cuando intervienen tintes de música regional para que la lectura sea de total claridad en alguien completamente ajeno a esa cultura. Las observaciones de Gismonti giraron en torno a la tendencia entre los compositores a “complicar por complicar” y sobre la importancia de tener siempre un criterio que guíe a las ideas. Los temas llevados a debate fueron: Se debe escribir lo natural?, Es posible ajustar la grafía a lo expresivo?.
Vuelto a preguntar por los consejos que procura transmitir a sus alumnos, nos contestó: -Los creadores necesitan información constante. Pero cuidado, esa información no necesariamente está siempre en la música. Es necesario tener una actitud abierta a otras manifestaciones artísticas y entender que se puede obtener mucha información de la literatura, la pintura, la arquitectura, el cine, la escultura, etc. Porque como hemos dicho durante el curso: cualquier indicio creativo, por pequeño que sea, puede transformarse, con trabajo, en nuestro elemento comunicativo: la composición (...).

Aunque las conclusiones de una experiencia como ésta son para cada alumno diferentes, las propias nos dejan con una gran cantidad de motivaciones e ideas para trabajar en los próximos meses, lo que significa que, en cierto modo, el objetivo se cumplió satisfactoriamente. Desde estas páginas animamos a los guitarristas a no dejar pasar oportunidades que, como ésta, contribuyen al desarrollo emocional, intelectual y humano. Del mismo modo, aprovechamos para agradecer al Festival de la Guitarra de Córdoba el habernos brindado la oportunidad de hacer posible la presente entrevista.

Información complementaria de interés

El compositor intérprete
Egberto Gismonti (Carmo, Río de Janeiro, 1947) es un ejemplo fascinante de la figura del compositor-intérprete; de alguien que escribe música para poder hablar con sus instrumentos.
Hijo de un libanés y una siciliana, comenzó sus estudios de piano a la edad de cinco años y durante más de quince se cultivó en distintas facetas de la música culta. En París estudió con la compositora Nadia Boulanger, con Jean Barraqué y realizó trabajos de consultor para Igor Stravinsky. Allí se enamoró de la música de Maurice Ravel, cuyo sentido orquestal le marcará para siempre.

En 1968 su composición O sonho (El sueño), arreglada por él mismo para una orquesta de cien músicos, provocó un enorme entusiasmo al punto de ser grabada en más de veinte ocasiones por músicos de todo el mundo. A su regreso a Brasil, en 1971, Gismonti vivió durante varios meses con los indios Xingú del Amazonas, quienes, al igual que los grandes del jazz y el rock, le ayudaron a vislumbrar una realidad musical más amplia que la del mundo clásico.

Comenzó a tocar la guitarra atraído por el chôro, un tipo de música popular instrumental de Brasil que se interpreta con varias guitarras, mandolina, cavaquinho y flautas. Sus primeros pasos los dio con la guitarra clásica de seis cuerdas. Después –acostumbrado a generar armonías complejas en el piano- se pasó a la de ocho cuerdas en 1973 y luego a la de diez y hasta catorce cuerdas. Durante varios años experimentó con afinaciones y timbres, utilizando además flautas indígenas, kalimbas, sho, voces y campanas. Del mismo modo, desarrolló una personal técnica con gran protagonismo de las dos manos.
Su obra, además de abundante (ha grabado más de cincuenta discos), se vuelca en varios frentes, con influencias del jazz, el rock, la música incidental y la académica, además de presentar elementos étnicos muy diversos.
La guitarra en sus manos es un instrumento crisol que todo lo asume. Lo culto y lo popular, lo escrito y lo sugerido en la improvisación espontánea.

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